24.5.17

Del extractivismo minero en México, la defensa del territorio y las alternativas

Gian Carlo Delgado Ramos
Voces en el Fenix. No. 60.
Buenos Aires, Argentina. pp.72-79.
ISSN: 1853-8819.
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Los cada vez más profundos y acelerados procesos antropogénicos de transformación de la naturaleza, ya ponen en entre dicho la continuidad del sistema Tierra, al menos tal y como lo conocemos. Lo corrobora la creciente transgresión de las denominadas fronteras ecológicas, entre las cuales destaca la pérdida de biodiversidad y el cambio climático.
El crecimiento económico ha sido el principal impulsor, muy por encima del crecimiento de la población. De 1950 a la fecha, la extracción global de materiales, que ya ronda los 70 mil millones de toneladas al año, aumentó 5.6 veces (de 1900 a la fecha lo hizo 10 veces). Al mismo tiempo la generación de residuos se incrementó 5 veces (los plásticos hasta unas 150 veces), la población 2.5 veces y la economía 37 veces. La preocupación neo-Maltusiana sobre la “bomba poblacional” es claramente errónea pues como los datos lo indican, el principal problema no reside en el crecimiento poblacional -que no deja de ser importante-, sino más bien en los crecientes y sin duda desiguales patrones de consumo, en particular de una porción de la población con mayores ingresos: alrededor del 20% de la población mundial, consume ya el 77% de todos los bienes y servicios.
Para soportar tales ritmos de consumo, el flujo creciente de energía y materiales vía el mercado internacional, es fundamental en tanto mecanismo de transferencia de recursos hacia los mayores nodos de consumo mundial, esto es, los principales asentamientos urbanos, sobre todo de los países ricos y emergentes. En este panorama, lo urbano representa el grueso del consumo en tanto que es ahí donde se genera el 80% de la riqueza mundial y se concentra buena parte de la infraestructura, la cual ya suma globalmente un stock de 792 mil millones de toneladas de materiales, y al cual se agrega la mitad de los materiales y energía extraída anualmente para su renovación/expansión. Los impactos de tal demanda son importantes a nivel local, regional y global, por ejemplo, en términos de sobre-explotación de canteras, cauces de ríos, yacimientos de minerales o de quema de energía y emisión de gases de efecto invernadero, entre muchos otros procesos que erosionan directa e indirectamente las ya mencionadas fronteras planetarias.
El empuje del extractivismo, necesario para soportar los crecientes patrones de consumo experimentados de manera radical desde la segunda mitad del siglo XX, o lo que se conoce en la literatura especializada como “La Gran Aceleración”, toma cuerpo en procesos más intensos no sólo de modificación de la naturaleza, sino de despojo o de “acumulación por desposesión”. El acaparamiento de tierras y agua, de extracción de minerales energéticos y no-energéticos, de emplazamiento de monocultivos, entre otras modalidades de colonización de la naturaleza son pues expresiones cada vez más patentes de cara a la creciente transferencia de recursos naturales: se estima que en 1970 se comercializaron 2,700 millones de toneladas o el 11% de los materiales entonces globalmente extraídos; para 2010 ese monto ascendía a 10,900 millones de toneladas o el 16% de la extracción total global. Debe notarse que tal transferencia demandó la movilización de unos 25,700 millones de toneladas, esto es, más del doble que lo exportado, ello debido a los requerimientos de energía y materiales detrás de la cadena de producción.
Como se discute más adelante para el caso de la minería en México, las implicaciones socioambientales de tal extractivismo son crecientes, sobre todo en los países en desarrollo o emergentes de Asía y América Latina, los cuales han visto un importante y renovado corrimiento de la frontera extractiva en lo que va del siglo XXI. Según un estudio de PNUMA, Global Material Flows and Resource Productivity, de 1970 al 2010, el peso de la extracción de materiales en Asia pasó del 24.3% al 52.9% del total de materiales extraídos a escala global; en América Latina pasó de 9.4% a 10.7% en el mismo periodo. Para el caso de América Latina, confirma el estudio, la extracción de minerales metálicos y no-metálicos verificó un crecimiento notorio, más que duplicándose y triplicándose en términos de volumen, respectivamente; la extracción de petróleo y biomasa (alimentos, madera y otros productos forestales, etcétera), aunque también aumentó, lo hizo ligeramente.
Considerando tal peso de la actividad minera, a continuación, se indaga con mayor detalle el caso mexicano, un país históricamente minero que en años recientes ha jugado un papel importante en el denominado “consenso de los commodites”.